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El Último Día

ciencia ficciónpoético

Y cuando abrí los ojos, estabas tú, esperando el amor perdido hace 999 años.

Nadie, absolutamente nadie podía vivir en aquel mundo utópico sin pasar antes por la máquina cuántica. Hacía siglos que la computación había dejado de ser binaria. En la era del internet —así la nombraban, con esa mezcla de ternura y desprecio con que se habla de los muertos— los datos y el procesamiento ocurrían en ceros y unos, transmitidos mediante luz y ausencia de luz, un sistema apenas más digno que el código Morse. Y aun así, con esa miseria de dos símbolos, el hombre había alumbrado la inteligencia artificial. Después llegó la transmisión cuántica y el canal se ensanchó de golpe: billones de veces más datos por segundo. Aquello no fue un avance. Fue un abismo. Y al otro lado del abismo esperaba la máquina.

A los que íbamos llegando nos repartían en pequeños cuartos de espera; otros deambulaban por los jardines aguardando ser llamados, con esa calma obediente de quien todavía no sabe que está en una fila. A mí me llevaron a una sala donde había otras cinco personas que no conocía. Habían dejado una televisión encendida para mantenernos entretenidos —o distraídos, que no es lo mismo—. Nadie hablaba. Cada uno repasaba en silencio su propio expediente.

Llegó mi turno.

Cuando pasé, un examinador me recostó sobre una camilla y conectó el sistema a mis ojos —siempre los ojos: el único puerto que el cuerpo nunca aprendió a cerrar—, y en un segundo perdí la noción del tiempo. La primera imagen que vi fue una bandada de cisnes, luego una abeja sobre mi mano, el sonido del bosque y un estruendo de lluvia; mi corazón se volvió humo y el mar que vi era tan grande como la ola de un apocalipsis. Miles de imágenes de momentos cotidianos se superponían mientras mis datos vitales se diluían en un cilindro metálico.

Todo mi ser se transformaba en código. En una pantalla de agua, cada fracción de milisegundo de mi vida quedaba reflejada: un volcado íntegro, sin compresión y sin pérdida, vertido en un hondo y verde lago profundo. Podía verse cada sueño que había tenido, todos mis recuerdos, las primeras imágenes, los primeros sonidos y cada experiencia sensorial. Desde que estuve en el vientre de mi madre hasta mi último suspiro. Todo lo imaginado, todo lo sentido y todo lo pensado, cada palabra pronunciada, incluso las palabras que en otro idioma apenas sabía. También estaba mi carga genética y su memoria heredada de mis antepasados milenarios.

Y entonces comprendí algo que me heló más que el metal de la camilla: en toda mi vida jamás había existido un rm para nada de aquello. Uno cree que olvida. Lo único que hace es perder el índice.


Por cada error cometido en la vida aparecía una X roja en el registro. Yo veía con preocupación que tenía muchas X rojas —demasiadas— y me preguntaba si esto era realmente ético para juzgar. ¿Serían errores conscientes o inconscientes? ¿Serían producto de traumas? ¿De creencias equivocadas que nunca fueron verdades? ¿Herencia genética? ¿Y cuánto influía el ADN? ¿Es justo auditar a un hombre por sus fallos, si el código con el que vino escrito ya traía el defecto de fábrica y nadie le preguntó jamás si quería ejecutarse?

Pero en este lugar, pensé... yo no tenía derecho a discutir qué era ético, justo o moral. Y mientras todas esas reflexiones me cruzaban la mente, tomé la decisión más miserable que puede tomar un hombre: dejar de pensar. Mantener la mente en blanco. No generar tráfico. Si todo queda registrado —me dije—, lo único que puedo hacer es dejar de existir durante unos minutos.

Todavía me avergüenza. En el instante decisivo de mi vida fui un cobarde silencioso; y lo peor, que lo supe demasiado tarde, es que el silencio también se registra. No hay nada más fácil de leer que un hombre que de pronto deja de transmitir.

El escaneo estaba completo...

Desde una impresora binaria —una reliquia, dos símbolos, la lengua muerta de nuestros abuelos— fueron saliendo, una a una, las letras del veredicto:

"In novissimo die ad vitam pervenis, sicut promissum est."

Y cuando abrí los ojos, estabas tú.

Ni una X roja, ni un registro, ni un veredicto: solo tú, que habías esperado novecientos noventa y nueve años en el único lugar donde la máquina no supo entrar. Porque ese dato nunca estuvo en mí. Estuvo siempre en ti.